La Roma antigua
Empieza en el Coliseo, cruza el Foro Romano y el Palatino y sube al Capitolio y sus museos. Al anochecer déjate llevar hasta el Panteón y la Piazza Navona.
Roma es una ciudad donde tres milenios se ven a la vez: un templo antiguo sirve de cimiento a una iglesia barroca, un café de acera se apoya en un muro de 2.000 años. Entre el Coliseo, el Panteón y San Pedro te tropiezas, casi sin querer, con más ruinas, fuentes y cúpulas.
Pero Roma no es un museo al aire libre; es una capital ruidosa y viva. En sus mercados se apilan las alcachofas, en la barra el espresso se apura de pie y, al caer la tarde, las plazas se llenan de romanos tomando el aperitivo. Tómate tu tiempo, piérdete y come donde no haya carta en inglés.
Empieza en el Coliseo, cruza el Foro Romano y el Palatino y sube al Capitolio y sus museos. Al anochecer déjate llevar hasta el Panteón y la Piazza Navona.
Ve temprano a los Museos Vaticanos y la Capilla Sixtina, luego a San Pedro y sube a su cúpula. Por la tarde cruza el Tíber a Trastevere para cenar cuando cobra vida.
Fontana de Trevi, la escalinata de la Plaza de España y las iglesias llenas de Caravaggios, y luego un paseo por Campo de' Fiori. Reserva antes la Galleria Borghese y termina el día en el parque de Villa Borghese.
El mayor anfiteatro jamás construido acogía a unos 50.000 espectadores y se inauguró en el año 80 d. C. bajo el emperador Tito con cien días de juegos. Reserva una entrada con hora que incluya también el Foro y el Palatino, y paga el suplemento del suelo de la arena para pisar donde luchaban los gladiadores.
Entre los mármoles rotos del Foro latió durante mil años el corazón político del Imperio romano, con sus templos, arcos triunfales y la Vía Sacra. Sube luego al Palatino, la colina de los palacios imperiales, para la mejor vista sobre todo el campo de ruinas.
Casi dos mil años después de Adriano, el Panteón sigue sosteniendo la mayor cúpula de hormigón sin refuerzo del mundo, perforada por un óculo de nueve metros que deja entrar la luz y la lluvia. La entrada ahora tiene un pequeño coste y requiere billete; dentro reposa Rafael en un sarcófago antiguo.
Kilómetros de galerías te llevan del Laocoonte a las Estancias de Rafael y la Galería de los Mapas hasta el gran final: el techo y el Juicio Final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Reserva el primer turno del día o la última entrada por internet para esquivar las mayores aglomeraciones.
La teatral fuente barroca de Nicola Salvi se terminó en 1762 y espumea contra el Palazzo Poli, con el titán marino Océano en su carro de concha en el centro. Lanza una moneda por encima del hombro derecho a la pila y, según la leyenda, volverás a Roma; ve temprano o tarde, porque la plazoleta se colapsa de día.
En la orilla derecha del Tíber, callejones empedrados serpentean entre casas ocres, hiedra y la antigua basílica de Santa Maria in Trastevere con sus mosaicos dorados. Barrio artesano y adormilado de día, de noche se convierte en la zona más animada de Roma, repleta de trattorie y bares de vino.
El corazón barroco en torno al Panteón, la Piazza Navona y el Campo de' Fiori: todo a pie, pero caro y concurrido de día. Ideal para una primera visita si sales temprano.
Adoquines, hiedra y trattorie en la orilla derecha del Tíber. Con encanto y céntrico, es la zona más animada de Roma al caer la noche.
Un barrio pequeño y con estilo entre el Coliseo y la estación central, con tiendas vintage, bares de vino y la Piazza della Madonna dei Monti. Céntrico y aún así no masificado.
La Roma auténtica y comilona al sur del centro, en torno a su mercado cubierto. Menos monumentos, pero las mejores trattorie y la zona de discotecas más salvaje de la ciudad.
La pasta más famosa de Roma: huevo, Pecorino Romano, pimienta negra y guanciale crujiente, y nunca nata. Clásica con rigatoni o espaguetis, mejor en Testaccio, la cuna de la cocina romana tradicional.
Otros dos pilares de la cocina romana: la cacio e pepe de solo Pecorino y pimienta, montada hasta quedar cremosa, y la amatriciana con tomate, guanciale y Pecorino. Ambas suelen servirse con tonnarelli o bucatini.
El aperitivo callejero romano por excelencia: bolas de arroz fritas con un corazón de mozzarella fundida que hace hilos al partirlas. Acompáñalas de pizza al taglio, que se vende al peso de la bandeja y se come andando.
Alcachofas enteras fritas dos veces en el Gueto judío de Roma hasta que las hojas se abren crujientes como patatas fritas. De temporada del invierno a la primavera; pruébalas en un local en torno al Pórtico de Octavia.
De abril a junio y de septiembre a octubre son ideales: clima suave, luz larga y menos gente que en pleno verano. Julio y agosto se vuelven calurosos y bochornosos, y muchos romanos se van de la ciudad. El invierno es templado, tranquilo y barato, con colas cortas en los grandes monumentos.
El centro histórico se recorre mejor a pie, ya que muchas callejuelas son estrechas o adoquinadas. Dos líneas de metro (A y B) se cruzan en Termini y van bien para trayectos largos, junto a autobuses y tranvías; el Roma Pass combina transporte y entradas. Para excursiones, Ostia Antica queda a un tren de cercanías y Tívoli recompensa con la Villa d'Este.
Un presupuesto diario realista por persona, en tres estilos.
Roma es un destino con opciones para todos los presupuestos.